La justicia, cada vez más, se encuentra fuera del alcance de los guatemaltecos, especialmente en las regiones rurales del país. En comunidades donde los homicidios eran eventos excepcionales, generalmente clasificados como delitos culposos y no dolosos, se observa un alarmante incremento en la tasa de criminalidad. Este fenómeno se ve agravado por la pérdida de valores morales, la disminución de prácticas sociales tradicionales y la erosión de normas culturales, factores que, sumados a la carencia de educación en el ámbito familiar y la ausencia de la figura paterna en muchos hogares, contribuyen, de manera conjetural, al aumento de la delincuencia.
Chajul no es una excepción a esta problemática. Lo que denominamos “justicia cultural” —entendida históricamente como una forma de justicia consuetudinaria, reminiscente de lo que en la antropología jurídica se conoce como la venganza privada— representaba un mecanismo de respeto al derecho ajeno. Aunque tomar la justicia por mano propia puede considerarse inmoral desde una perspectiva contemporánea, cabe preguntarse: ¿qué moral persiste en un sistema donde la justicia moderna parece tratar con indulgencia a los delincuentes, quienes, tras vulnerar el orden social y las normas de convivencia, son protegidos en detrimento de las víctimas?
Teóricamente, los principios de la justicia moderna reflejan un avance en la resolución pacífica de conflictos sociales, lo que podría interpretarse como una evolución hacia “nuevos tiempos para la justicia”. Sin embargo, la excesiva dependencia en las autoridades judiciales ha generado un paulatino desmoronamiento de la justicia cultural o derecho consuetudinario, término reconocido en la doctrina jurídica. Este fenómeno no solo es consecuencia del intervencionismo estatal, sino también de la adopción de tendencias culturales foráneas y la pérdida de la identidad cultural propia de las comunidades.
Es innegable que el sector intelectualizado de la población ha desempeñado un papel en esta transformación social y cultural. Pequeñas prácticas, aparentemente insignificantes pero adoptadas masivamente, han facilitado la asimilación de una cultura e identidad ajenas. Este proceso, lejos de ser fortuito, parece responder a los intereses históricos de sectores dominantes en el sistema guatemalteco, que han promovido procesos como la ladinización y la aculturación, términos que encapsulan un objetivo ideológico claro: la supresión de las culturas indígenas.
De estos factores se deriva la putrefacción social y cultural que afecta a Chajul. No obstante, es importante precisar que no todos los elementos convergen en una narrativa unívoca de decadencia social, cultural y moral, ni existen razones taxativas que permitan afirmarlo categóricamente. Sin embargo, las conjeturas apuntan a que el deterioro cultural, social y moral está íntimamente ligado a la falta de corrección y orientación en el seno familiar. Factores como el abandono de niños y jóvenes, la permisividad parental, el aumento de hogares monoparentales encabezados por mujeres con múltiples hijos y la ausencia de la figura paterna son elementos que coadyuvan a esta problemática. No estamos diciendo que la familia de muchos hijos favorece la problemática, sino, es la falta de capacidad de corregir a los hijos.
A estos factores se suma la intervención estatal a través de un modelo educativo que, lejos de reforzar los valores tradicionales, promueve una educación moral cuestionable. La premisa de que “quien tiene educación sabe educar a sus hijos” resulta no solo falaz, sino también producto de narrativas impulsadas por organizaciones extranjeras progresistas. En un contexto de vulnerabilidad histórica, las comunidades marginadas tienden a adoptar sin cuestionamiento estas ideas, percibidas como provenientes de sectores “superados” de la sociedad. En este sentido, la observación de Miguel Anxo Bastos sobre la aspiración de emular a quienes detentan mayor poder o conocimiento resulta pertinente: todos desean asemejarse a aquellos que, supuestamente, “saben más”, incluso cuando dichas ideas carecen de sustento sólido.
No obstante, no toda la población se deja influir por estas tendencias progresistas. Es justo reconocer los esfuerzos de organizaciones no gubernamentales que buscan mejorar la calidad académica y las condiciones de vida de los sectores más vulnerables. Sin embargo, sus intervenciones, en ocasiones, tienen el efecto no deseado de reforzar la aculturación, contribuyendo a la erosión de las identidades locales.

En conclusión, es imperativo fortalecer los lazos familiares, garantizar la libertad individual y trabajar en la preservación de las prácticas culturales que no comprometan el orden social ni la justicia. Esta tarea no recae exclusivamente en un sector, sino que requiere el compromiso colectivo, comenzando en el núcleo familiar. En Chajul, los crecientes casos de asesinatos, extorsiones y otras actividades delictivas evidencian una amenaza directa al orden social. En este contexto, las iglesias también tienen un rol crucial: en lugar de enfocarse en discursos de prosperidad material, que a menudo se disfrazan de enseñanzas espirituales, deberían enfatizar la condena del pecado, la redención que trae Dios a través de Jesucristo, que resulta en el fortalecimiento de los valores cristianos. Solo a través de un esfuerzo conjunto será posible revertir el declive social y cultural que aqueja a la comunidad.